¡Atrevido!: Caballero coquetea con la locura, coquetea
Con el Caba todo es posible. Si algo le faltaba a esta novela seriada era que su personaje principal evalúe seriamente la posibilidad de hacerse pasar por loco para vivir en un sanatorio para enfermos mentales y poder escribir tranquilo su libro. ¿Lo hará?... pasen y vean.
Horacio
Una tarde salí del departamento a comprar cigarros, con todas esas cuestiones en la cabeza, y lo conocí a Horacio.
Hacía un par de días que yo no hablaba con nadie. En Necochea no me conocía mucha gente, había vivido hasta los 13 años, y salvo 10 o 15 personas, no me reconocía nadie. Por eso también elegí este lugar. No tenía ganas de socializar.
Cuando salí del kiosco, en la esquina me pide un cigarro; se lo doy y me invita un trago de cerveza, serían las 6 de la tarde, "Yo soy Horacio loco", me dice. "Me estoy tomando la fresca antes de entrar a laburar".
Hablamos un par de boludeces y se fue a comprar otra. Se dio cuenta que yo no era de acá, entonces le conté más o menos lo que estaba haciendo en Necochea.
Nos tomamos cuatro, le dije lo del libro, el departamento, y la historia de la plata. Después arrancó al laburo, me dijo que trabajaba en una clínica, pero que en cualquier momento renunciaba, y por eso, no le importaba llegar tarde.
A los tres días me lo cruzo; nos tomamos otra cerveza y me dice que por ahí tenía una punta para mi, "Dame un par de días, y en eso te hago zafar".
Horacio tenía un aspecto raro, no sabría definir bien qué, pero algo tenía. Un personaje...
Hablaba como contenido, como si algo lo cercara de si mismo; raro. La ropa era normal, de moda inclusive, pero la usaba de tal forma que quedaba al borde del ridículo .
Nos vimos un par de veces más, y me empezó a caer bien, digo esto porque la forma de hablar, de no conocerlo, parecería soberbia. No le quise preguntar nada sobre lo que me había dicho, suponiendo que de tener alguna novedad me la diría. A los días me lo cruzo y me dice, "Y che, ¿te interesa zafar?"
Horacio no parecía estar preguntándome sobre principios, moral o cosa alguna parecida. La pregunta de Horacio era clara: sí o no; otra respuesta no había. La vida de este tipo era un completo misterio para mí. Uno nunca sabe con quién está hablando; podía ser un chanta... o no. Lo que más me hacía pensar que no lo fuera, es el tiempo que se había tomado para proponérmelo y la forma en que lo había vuelto a preguntar. Era obvio, legal no era. Si legal no era, era muy posible que Horacio tuviera si, la forma de "hacerme zafar".
- ¿Qué onda?, pregunté.
- Tengo un lugar para vos. Un lugar ideal para vos, un paraíso, el Edén mismo, loco; mujeres, ocio, comida, techo, cama y por ahí alguna "cosita".
-Necesito escribir yo.
-Te lo consigo.
-Leer.
-Hay libros, lo que quieras.
-Tranquilidad.
-Se puede, se puede, no te hagas historia por eso.
Mi imaginación no daba para tanto, lo que estaba escuchando sonaba demasiado bien, no lograba darme una idea de qué lugar tendría Horacio para mi; se me ocurrió la clínica pero no podía ser, debería estar en cama siempre, no, era una estupidez.
- ¿Dónde... Horacio?
- La clínica, loco, la clínica.
- No entiendo; cómo?
- En un mes le dan el alta a dos, uno de esos es mi compañero de pieza, un gil. Yo le dije que aguante, que era todo un negocio... un gil. La historia... sería que vos des... con una patología similar a la de él, y...
Alta, sí, alta había dicho; lo demás no quería escucharlo, Horacio hablaba y yo lo miraba; "ahora entiendo... clínica, trabajo, renunció". Él, seguia dando detalles de la idea; las pastillas que debía tomar, las que no, los horarios, la enfermera con la que tenía historia, las internadas que iban al frente, "... con la roja no te metas, te lo come"
Horacio estaba entusiasmado, nunca lo vi tan suelto como ese día; estuvo 20 minutos hablando sin parar. Yo apenas escuchaba, o escuchaba todo, me sorprendía su cabeza; lo minucioso de su plan, había pensado en todo; sabía que pastillas me podían afectar a la hora de escribir, cada cuanto fingir un ataque, la intensidad y el tipo de locura que me convenía, puesto que en base a eso sería la medicación.
Y también dijo que en realidad, él podía salir ahora, en unos meses, pero fingió una crisis depresiva relacionada a la inserción social. Se había enterado que de Nación llegaba un convenio con algunas empresas de la zona, a las que le iban a dar un subsidio por emplear a personas rehabilitadas. "Dos mangos, loco, una miseria, trabajo de mierda; envolviendo alfajores, limpiando pescado. Me dan el alta, por que salió el acuerdo, loco. Pero se van a cagar; yo por esos laburos no salgo, me quedo acá, sí las tengo todas. Aparte, salimos para el verano, loco; playa, noche. Ahora en pleno invierno, ¿qué hacemos negro? El Martín sale en un mes, es un boludo; va a enganchar un subsidio de esos; para pegar etiquetas no se de qué. Y entonces voy a quedar solo en la pieza; veníte loco. La clínica para nosotros, ¿me entendés? Hay una enfermera que es para vos, lee libros y todo eso. ¡Loco, negro; hacéte el loco y zafamos el invierno; y en el verano... Gesell, Gesell... ¡Allá voy!".
Horacio vivía con dos tic permanentes, uno era muy cómico, cuando no hablaba las manos las tenía juntas siempre, y al momento de empezar a decir algo las soltaba; no es que las seguía usando para ser mas gráfico, no, se las ponía una en cada pierna y ahí las dejaba quietas, hasta que hacia un silencio y las volvía a juntar; era para sentarse a verlo todo el día. El otro, era mirar constantemente a la derecha, como si esperara a alguien, alguien de su agrado. Por lo demás aparentaba ser de lo más normal.
No le podía contestar cualquier cosa; tal vez tendría brotes cada tanto, o medicado era normal, no sé; no sabía en ese momento. Para no cortarlo mal le dije lo más serio que pude, y para hablar en sus términos, con la intención de que me viera con una seriedad y cautela como la suya: "Dejame que vea unas cosas y te digo".