
Mandamos a Barraza al cine a ver “Million Dollar Baby”, la película de Clint Eastwood que se llevó todos los óscares este año. Volvió como loco y dice que hay algo de Esquilo y de Racine en el film. ¿No será mucho che?
efecto tabano
¿Por qué no? Veamos un poco de cine a través de los ojos más tabanescos...

Mandamos a Barraza al cine a ver “Million Dollar Baby”, la película de Clint Eastwood que se llevó todos los óscares este año. Volvió como loco y dice que hay algo de Esquilo y de Racine en el film. ¿No será mucho che?
La película se llama: Million Dollar Baby
La dirige: Clint Eastwood
La escibió: Paul Haggis (sobre relatos de F.X. Toole)
Actúan: Morgan Freeman, Hillary Swank y Clint Eastwood
La dan: en cines

Eastwood recoge clichés, los redistribuye con magia y con ello conmueve (algo de esto habíamos señalado a favor de “Un crimen ferpecto” de Alex De la Iglesia hace algunos meses). En su película hay -como en otros cientos de films- boxeadores frustrados y venidos a menos, un entrenador miedoso, managers capaces de hacer todo por dinero, púgiles que quieren dinero y púgiles que quieren gloria. Hay público como bobino, que grita y aúlla cuando la violencia en el cuadrilátero crece. La película de Eastwood no es original en ese sentido, porque no necesita serlo.
Sin embargo Eastwood gira -desde los clichés- esa misma película que podría ser otra del montón y la ubica en un sitio privilegiado. Mucho -claro, ¡como no reconocerlo!- tiene que ver el guionista del film, Paul Haggis, suya es la historia, de su mente los personajes. Pero Eastwood está viejo y le sienta muy bien, y su timing es sorprendente, y las características visuales que le imprime al film (bellas en su clasicismo cinematográfico) son de regocijo total cuando tienen que serlo. Clint maneja el tiempo y la forma con su mirada, tierna y algo rústica por momentos, es él el que decide que por momentos aspires el ácido olor deshumanizante que tiene el box y que a los cinco, tres o dos minutos asistas a una profunda mirada apologista y que ya lo consideres deporte, estilo de vida. Hacia arriba y hacia abajo te lleva Clint en este pequeño paseo previo a la tragedia. Porque la película -no se si lo saben- también está edificada sobre la tragedia.
El andamio de candor y brutalidad montado por el viejo Eastwood a lo largo de la primera hora veinte de la película es notable: los diálogos cruzados entre los personajes (entrenador sabio pero miedoso y viejo ex-boxeador frustrado) que encarnan él mismo y Morgan Freeman son tan simples como profundos (aquí démosle la mano al guionista, que bien se lo merece). Muy buebostambién los relatos en off de Freeman eh. La relación silenciosa entre él y su discípula (bien Hillary Swank, muy bien) es diríase hasta bella.
Bien pasada la primera hora estamos bien convencidos de estar viendo una simple película sobre una carismática celulóidica heroína abriéndose paso a las piñas. ¿Llegará a la cima? Como espectadores estamos esperando esta respuesta convencidos de que Clint nos está mostrando ese sencillo film en el que otro norteamericano sobresaldrá del resto en forma gloriosa. Nadie cuenta con la tragedia; pero la tragedia llega.
Entonces Clint debe ponerse los pantalones largos para terminar la película. Y lo hace. Se manifiesta abiertamente sobre uno de los temas tabú de la sociedades todas: eutanasia.
Toca el tema acercándolo a la iglesia, a la ciencia, a la filosofía común del hombre común. Y lo logra.
Sereno, sin sobresaltos demagógicos, sin moralinas republicanas, sin inquietudes demasiado ejemplizantes, Eastwood logra llegar a la fibra de todos mostrándonos una historia que bien podría haber sido esquileana, raciniana, clásica y existencialista.
¿Qué más se le puede pedir a una simple película de Holywood?
Tábanos molestando
Pucha... yo que creia que esta era Karate Kid 5, y que como Pat Morita -el señor Miyagi- pedia mucho caché (o se murió) , entonces Morgan Freeman lo reemplazó, justificando el cambio de color de piel con un exceso de sol mientras hacia katas en la playa.
Y no... me tenias que contar que la peli es buena y tiene final tragico, no como la otra que siempre triunfaba con un golpe certero.
Sos un botón, Barraza. sabelo.
Yo me vi otra oscarizadita sobre este tema de la eutanasia. (que mucha pelicula y lagrima ha consumido este ultimo tiempo , cierto? )
Vi Mar Adentro, y puedo decir que este Amenabar se las trae..., jóputa!
Buenisimos efectos de filmacion, excelente guion sin golpes bajos, linda musica.... y al genio de Javier Bardem. Qué más pedir?
El heredero, una crítica de 'Million Dollar Baby'
por Nonwriter
Cuando Frankie Dunn lee a su boxeadora moribunda el poema de Yeats (I will arise and go now, and go to Innisfree) se abrocha con una elegancia casi sigilosa el recorrido de Eastwood por el envés del viaje que cincuenta años antes emprendió Sean Thornton hacia la expiación y la paz. Y es en esa proclama orgullosa y humilde, propia de quien sabe de dónde viene y quiénes son su padres, donde definitivamente este autor asume, con su herencia, los galones y la responsabilidad de llevar la antorcha en esta edad que nos habíamos resignado a ver como de vejez prematura del arte más joven.
Los Cohen –por irnos a lo más granado- nos habían hecho creer que lo mejor que se puede hacer hoy con los clásicos es Miller’s Crossing: estilización absoluta, saturación de referencias, voladura controlada del edificio con respeto escrupuloso de las convenciones, cinefilia tamizada de ironía. Los Cohen son como nosotros, sólo que más listos. Nos representan, nos entienden, ven lo que vemos. Y su agotamiento (que parece irreversible) es también el nuestro.
Pero de repente llega Harry el Sucio y nos despierta de un par de hostias, recordándonos que los clásicos están ahí para que cada generación se mida con ellos. En el momento justo de una carrera construida con una solidez e independencia difíciles de ver hoy día, el hombre del poncho ha decidido batirse en duelo con el hombre del parche, y lo ha hecho en el territorio espiritual más inviolable, en el último rincón de paraíso con el que nos está permitido soñar. Million dollar baby no es el reverso oscuro de The quiet man. Es una mirada al trasluz, a contrapelo; es, mucho más que una revisión, una zambullida en sus aguas más profundas. Como Pierre Menard, Eastwood se ha sentado a escribir de nuevo su Quijote; a diferencia de la elusiva criatura de Borges, no ha hecho el menor esfuerzo por borrarse en el proceso.
En la película de Ford la liberación llega de la mano de la propia vida que fluye como un torrente, de las fuerzas elementales que ni nuestros actos ni las interpretaciones que de ellos hacemos pueden frenar. La naturaleza se lleva por delante (a fuerza de puñetazos, de canciones y besos) toda negrura, todo reconcomio; contra el verde jugoso e incandescente de Erin no es posible la melancolía, ni siquiera la introspección.
En el mundo de Eastwood, en cambio, el pasado gravita como un cielo bajo y oscuro. Frankie Dunn ha elegido no olvidar: cada mañana al llegar al gimnasio mira de frente al ojo de cristal de Eddie Scrap, cada día se sienta en el banco de la iglesia sin tener muy claro por qué, cada semana escribe una carta sin esperanza a la hija que dejó marchar. La redención sólo puede presentarse para él en forma de segunda oportunidad: si volvemos a recorrer todo el camino y esta vez no cometemos ningún error podremos dejar el pasado atrás. Hará falta –primero- que la sonrisa hambrienta y limpia de una niña le encienda de nuevo los ojos, y que un golpe mal dado le arrebate -más tarde- toda esperanza para que comprenda que esa salida es imposible, que no podemos volver sobre nuestros pasos. En una sádica simetría que pertenece al mundo de la tragedia antigua, el destino no sólo le hará caer por segunda vez en el mismo infierno, sino que le pedirá que tome por compasión una vida. Apurado el dolor hasta el fondo, Frankie encontrará la paz en un Innisfree lluvioso y nocturno, un refugio anónimo con olor a tarta de limón -a small cabin build there, of clay and wattles made.
El boxeo no es una metáfora de la vida, sino una destilación. En el boxeo el triunfo y la derrota, el honor, el deber, las lealtades y traiciones se corresponden a un código claro y compartido: quien lo incumple lo sabe, y aunque llegue a nadar en dinero no puede ignorar que en el fondo lo desprecian. En el boxeo es posible perder con dignidad y ganar con honra. Por eso salen de él tan buenas películas. La vida en cambio es sucia, confusa, ambigua; no se deja reducir a un código. No es casualidad que Sean Thornton sea inocente, que el limpio relato de Eddie deje claro que Frankie no le falló el día que le reventaron el ojo. La tragedia aflora cuando la vida irrumpe y el código no es suficiente, cuando estalla un ojo o un corazón y el saber que has cumplido con las leyes del honor no te borra de la retina el cuerpo de tu rival tirado en la lona como un muñeco roto. Por eso nos parece –y es la única fisura de consideración- que al introducir el juego sucio en la pelea final y caracterizar a la rival de forma tan maniquea se rebaja la historia amenazando con deslizarla de tragedia a anécdota.
Para terminar de salir del círculo infernal, Thornton tenía que volver a pelear fuera del cuadrilátero; por buscar la redención entre las cuatro cuerdas es castigado Frankie a vivirlo todo de nuevo. Aunque Ford toma a su personaje muy cerca de la salida, el recorrido es el mismo: podría decirse que Million dollar baby palpita y alienta en el interior del flashback en blanco y negro que asalta a Sean Thornton en su viaje hacia la luz; que de alguna manera drena la oscuridad que en el clásico sirve de sustrato invisible, se alimenta de ella y la saca al primer plano.
De estirpe fordiana son también las armas: la narración de Eastwood es de una limpieza y sobriedad que no se veían en cine desde hace mucho. Ni una trampa, ni una concesión al capricho (como no sea, y no es casualidad, la presentación de la rival definitiva, que remite por unos instantes a lo peor de la saga Rocky; lunar mínimo en cualquier caso, que si irrita es por comparación). No creo, por poner un ejemplo, que nadie pueda rodar hoy día el encuentro de una carta deslizada bajo la puerta con esa pureza e intensidad. Y como manda el canon clásico, la historia se construye sobre los actores, apoyándose en sus presencias y ritmos interiores. Sin la ternura hosca de Eastwood (esos pantalones subidos, esas gafas), sin la luminosidad que irradia una Hillary Swank que en su vida va a estar mejor, y sobre todo sin la inmensa, leñosa presencia de Morgan Freeaman (y escribo sin haber escuchado su voz original en off) no se entendería este maravilloso trozo de cine.
Como ha dicho no sé quién, que le den un parche para el ojo a este hombre y nos haga una película al año mientras pueda. Y que nosotros lo veamos.
Barraza:
Acabo de ver la película y me lloré todo. Ese tipo es un genio muy dulce y directo.
Gracias por la nota, porque la lei y me dieron ganas de ir a verla despues de ver lo que vos escribiste y este otro chico escribió en el foro
Besos
Maria de los Angeles
A mi, en una parte, me parecía estar viendo una más de la saga Rocky, pero con Stallonne un poco más lindo (linda).