efecto tabano

Conocemos un montón de gente que está dispuesta a salvar su buen nombre diciendo que en su casa la tele nunca se prende. ¡Ja!

TERROR Y TELE: UNA PAREJA PITUQUÍSIMA

Vieja, vení a ver: ¡volvió el cuco!

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Los martes están dando un ciclo de terror y suspenso en Canal 7 de Argentina. Se llama "Historias de terror" y son trece capítulos unitarios. Hasta ahora dieron dos y el score es uno a uno (uno malo y el otro bueno). Pasen y vean.

El ciclo se llama: Historias de terror.
Lo dan: los martes a las once de la noche por Canal 7 de Argentina.
El capítulo que vimos se llamó: “Una noche de espanto”
Lo dirigió: Santiago Carlos Oves.
Lo escribió: Santiago Carlos Oves, basado en un cuento homónimo de Anton Chejov.

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Si la tele mundial está sobrevaluada, la tele argentina está subestimada.

La tele de por sí no es gran cosa, no es el gran aporte que le hacía falta a la humanidad para entender todo en la vida. Y nunca fue educativa, vamos, no no engañemos. Ese no ha sido ni será jamás su fin. Aún en años de ultra especificidad manifestada en una “opción” de 100 canales. ¿Acaso es educativo ver la vida sexual de las tortugas de las Galápagos narrada como en E! y mezclada entre mensajes publicitarios de McDonalds? No, la tele no está para educar. Lo sentimos por todos aquellos que con muy buena voluntad escribieron tratados para intentar demostrar esto o lo contrario en torno a la tele.

La tele es una industria del entretenimiento, por más que te suene feo, por más que la disfracen de canal de historia. ¿O por qué te crees que los argentinos de más de treinta recordamos con una sonrisa a flor de labios el ciclo “Telescuela Técnica”? Sí, claro, porque era el único en su especie, un bicho extraño; porque estaba completamente desubicado en el contexto de la tele, ¿o no?

Bajo esos parámetros la tele argentina es un caño, un balazo, una pinturita total. Lo que se hace es poco, repetitivo, baladí y comercial a más no poder, salvo sus honrosas excepciones. Igual en el resto del planeta, bah.

Hace quince días el Canal 7 nacional y estatal lanzó un ciclo de trece unitarios destinados a volver a traer el terror a la pantalla televisiva nacional. Y vale aclarar que en este sentido, la tele argentina siempre se ha dado maña para generar ciclos verdaderamente potables. Desde “El muñeco maldito”, pasando por “El pulpo negro” (con su mítico rating absoluto) hasta llegar a las más recientes “La condena de Gabriel Doyle” y aún la más híbrida y desabrida “Por el nombre de Dios”, las realizaciones de este género en Argentina siempre hn sido potables y han generado bastante aceptación en la teleplatea.

Zapatitos

la apuesta de Canal 7 tiene puesto zapatos muy grandes. Explícitamente declarada por sus responsables está la intención de crear un ciclo que traiga de regreso el estilo narrativo y la atmósfera de los clásicos programas de un referente ineludible como Narciso Ibañez Menta (responsable de hitos ya mencionados en este artículo).

¿Y qué se necesita para lograr este efecto? Primero: adaptaciones de los clásicos literarios universales. Segundo: no tenerle miedo a las actuaciones cuasi teatrales. Tercero: sacar provecho del bajo presupuesto y buscar el terror en la sugerencia más que en la explicitación (lo contrario de ese bodrio pseudo-hollywoodense que es “Sangre fría”).

Para eso se llamó a mucha gente vinculada al cine (no hay que olvidarse jamás que Narciso Ibañez Menta se hizo famoso en 1960 gracias a “Obras maestras del terror”, mítica película de Enrique Carreras que adaptaba al cine un puñado de cuentos de Poe). Y eso está muy bien. Eso es lo que hace la tele de cualquier lugar del planeta cuando siente que las ideas ya se acabaron: apuestan a lo clásico y recurren a la experiencia de la gente del cine.

Ellos son

Ellos son muchos. Sus nombres van desde los realizadores experimentados como Santiago Carlos Oves o Javier Torre, hasta la inclusión de los más jóvenes, como Hernán Sáez (uno de los dos directores de la creativísima saga de “Plaga Zombie”) o el coordinador del proyecto, Alexis Puig, director que ha trabajado casi toda su joven carrera adaptando o creando obras relacionadas con el terror y el suspenso.

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Aquí se verá a Poe (con dos adaptaciones, una de “La caja oblonga” y otra de “El extraño caso del señor Valdemar”), a Stevenson (con una adaptación de “El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde”), a Echeverría (con una adaptación de “El matadero”) y a Maupassant (con una adaptación de “El horla”), entre otros grandes de la literatura.

Habrá también actores de renombre. Apunten: Carlos Belloso, Lorenzo Quinteros, Franklin Caicedo, Martha Bianchi, Villanueva Cosse, Jean Pierre Noher, Horacio Fontova y sigue la lista.

¿Y hasta ahora?

Pero no nos olvidemos de que el ciclo ya arrancó, y que ya podemos hablar de las primeras propuestas mostradas.

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Hasta aquí hemos visto el episodio presentación, que estuvo a cargo del director de contenidos del ciclo, Alexis Puig (¿por qué él al principio, ¿marketing, estrategia o simple cuestión de ego?).

Puig se arriesgó e insólitamente adaptó la compleja novela "Drácula", de Stoker a un solo capítulo de una hora (descuenten lo destinado a las tandas comerciales, claro). El elenco estuvo encabezado por Gerardo Romano en el papel del conde y el resto de los protagónicos estuvo encabezado por Jorge Schubert, Alejo Ortiz, Luciana González Costa y la española Lola Cordero.

La primera entrega generó comentarios verdaderamente desfavorables. Las cámaras estaban muy inquietas (cuasi videocliperas por momentos), las actuaciones estaban bastante flojas en algunos pasajes, la expectativa estaba demasiado cargada en los portentosos pechos de las protagonistas femeninas y Gerardo Romano fue una verdadera risa en la piel del conde, sobre todo cuando tenía la dentadura postiza puesta y hablaba como si estuviera atorado con medio paquete de Manón en la boca. La verdad: más cerca del personaje de Manuk de “Cha Cha Cha” que del sufrido/poderoso conde de Stoker. Ciertamente un fracaso ante tanta expectativa generada.

Pero ojota, que una batalla es una y solo una. Y anoche llegó el segundo capítulo. Esta vez la responsabilidad cayó sobre los hombros de Santiago Carlos Oves.

Santiago no sabía cuando rodó su capítulo que su versión saldría, en cierta medida, a tratar de salvar la jerarquía del ciclo. Pero ese fue el lugar que le tocó.

Su elección no fue menos arriesgada que la de Puig, ya que Oves se tomó el trabajo de adaptar “Una noche de espanto” de Anton Chejov. Y hay que decir que le fue muy, pero muy bien.

¿Qué elementos escogió Oves para que su barco no naufragara como el de Puig? Los clásicos, por suerte: actuaciones en la vieja escuela, encuadres cinematográficos trabajados pero sencillos, pocos flashbacks y ningún acto de postmodernismo estético apuntalado desde la mesa de edición.

Así pudimos disfrutar de una intensa historia basada en un cuento inquietante que mete miedo por un solo lado: el temor ancestral a la muerte.

Un malentendido, una medium demasiado charlatana (bien por Marta Bianchi, estuvo estupenda), tres amigos algo cobardes y el sentimiento de culpa sobre un crimen político alcanzaron para mantener expectante al espectador durante al hora que duró la adaptación del relato. El experimentado Oves no echó mano a ningún recurso aleatorio que distraiga la atención del relato central, esa gran obra de Chejov. A pesar de que eligió hacerle lógicas modificaciones al original, el director no puso adelante ningún condimento extra para salvar lo insalvable.

Ese tal vez sea el espíritu de un buen relato: parirlo desde la génesis misma con solidez, sencillamente, sin tener la necesidad de apuntar a una posterior edición que te ayude a resolverlo, ni a los turgentes pechos de las chicas que trabajan para ti.

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En este sentido Oves cumplió con el cometido del ciclo: arrimarse al espíritu omnipresente de Ibañez Menta, generar el mismo interés por el miedo en el más atávico de los sentidos. Bien por él.

Esperamos que el resto de los directores invitados hayan tenido en cuenta estos parámetros de honestidad con la historia y sencillez. Cuando no hay para superproducción para filmar en Villa La Angostura (ni un gobernador que ponga la plata de la gente en el proyecto de una productora como la de Tinelli) hay que retraerse y aprender de los textos.

No es para partirlo a Puig, que lleva adelante este proyecto y en cierta medida es como su alma, pero cuando te dicen “hacé tele”, pensá en ser soñador en la propuesta y realista en la realización, que eso te lleva a buen puerto casi siempre. Sobre todo si estás en la Argentina, que tiene una tele como la de cualquier país del resto del planeta, pero (fuera de Suar, Tinelli y sus amigos gobernadores) no tiene el aval de la guita para la ficción.

El martes que viene volveremos a estar allí. De posta.

Tábanos molestando

  • Cronópio 09/09/2004

    Rodrigo Fresán escribió un artículo en página/12 en homenaje a Ibañez Menta, fallecido hace poco. Justo en esos dias era la boda real en España, y por eso el tono de reproche del escritor.

    *"(...)la muerte de Ibáñez Menta se merecía, por lo menos, recuadro en primera plana y página entera en las secciones de Cultura o Espectáculos. Y, ya que estamos, que lo invitaran a la boda y prendiera fuego a los nobles y bastardos en plan Poe. Después de todo, la muerte el viernes pasado del controvertido presidente del Atlético de Madrid –personaje que dio tanto miedo como el actor– ganó apertura de noticieros y fotos en primeros puestos. Nada de eso para Ibáñez Menta; y ruego porque los diarios de mi país –que también fue el país del actor– hagan justicia. Porque por aquí Ibáñez Menta –nacido en 1912, invisible desde hace años a causa de “una larga enfermedad”– no figura en ninguna portada y debe conformarse con sintéticas necrológicas mejor o peor escritas pero, siempre, insuficientes.

    También lo será ésta; pero no lo es mi agradecimiento –a esta mezcla hispano-argenta de Lon Chaney con Vincent Price–, una jamás superada versión de La bestia debe morir, la adaptación para la pantalla chica de La pata de mono que me quitó el sueño durante varias noches, esa película titulada El monstruo no ha muerto donde se nos revelaba que Hitler no había muerto y que vivía en la Argentina (lo que explicaba tantas cosas), y aquella última y desopilante locura pop-trash que fue El pulpo negro. Todas ellas actuadas con esos ojos y esa voz cultivada en la radio más gótica que, para mí, compite garganta a garganta con la de Orson Welles.

    No sé: lo cierto es que hubiera deseado un poco más de espacio para esta bestia de castillo entre tanta bella de palacio por más que el engendro en cuestión me haya causado todavía más terror en vivo y en colores que en la plástica pantallita blanco y negro de mi televisor infantil.

    Me explico: una noche de 1979 divisé a Ibáñez Menta comiendo, solo, unos fideos a una mesa del restaurante Pippo. Me acuerdo que me pareció pequeño y que me enterneció la camperita de jean Cacho Sport que vestía. Mi padre –que sabía de mi pasión por el hombre– me dijo que fuera a pedirle un autógrafo. Yo, tímido, le dije que no. Mi padre insistió con esa pasión paternal: me dijo que si no iba, jamás me lo perdonaría a mí mismo, que lo recordaría por el resto de mi vida y, seguro, en mi lecho de muerte. Y agregó que, además, yo haría muy feliz al actor por saberse vigente entre los jóvenes. Así que, casi obligado, fui hasta la mesa de Ibáñez Menta, le pedí que me firmara un trozo del mantel de papel e –jamás podré olvidarlo– Ibáñez Menta me miró fijo, respiró profundo y aulló: “¡Me cago en la leche y en este pendejo de mierda que no me deja comer en paz!”. Volví corriendo a mi mesa, mi padre me pidió disculpas, y yo pensé entonces y sigo pensando hoy: “¡Qué monstruo!”. *

  • gustavo (www.gustavonavarro.blogspot.com) 21/05/2007

    yo veía el pulpo negro cuando era pibe, era mortal, buenísimo.

    Lo veía con mis viejos en un tele blanco y negro...qué tiempos