Un nuevo jugador entra a la sección de escritores invitados a Efecto Tábano. Se trata de Gonzalo Caballero, quien tiene grandes planes para con esta página. Para arrancar ha decidido entregar, como una tarjeta de presentación literariamente canallesca, este texto en el que parece que está hablando de él, pero termina hablando de todas las obsesiones que pueden llegar a picarte en momentos muuuuuy íntimos. Pasen y vean
Año 2001. Gonzalo frente a la computadora se dispone a escribir pequeño libro. Es relativamente fácil su manejo, no así la ubicación d elas teclas y demás costumbres. La ventanita “diccionario” es de un inmenso valor. Voy a probra, a ver cuántos errores encuentro en estas pocas palabras... mierda... doce. No está mal. Antes escribía peor.
Este capítulo es el final de... todas, quizás algunas, de las historias que hay en este libro. Cualquier duda que le haya quedado al lector sobre algo incomprensible o sin sentido aguno, este capítulo lo explica todo. Aunque decir capítulo devela un caracter demasiado optimista, considerando mi naturaleza.
Ojo, también podría ser el principio. Tal vez escriba una página, o dos. Capítulo entero posiblemente. No se. No prometo nada..
Es factible que no termine de escribir, de explicar todo. Algo puede pasar en medio. No se que.
Puede ser que me vaya a comer y ya nunca retome, que llegue un amigo, que cierre el cuaderno y allí quede. Una hormiga me puede picar, derivando en una alergia hasta hoy desconocida. Un año de medicación, sin resultados; yo todo brotado. Las minas, ni bola; los amigos desaparecidos por miedo al contagio. Me deprimo, me aíslo, hablo poco. Me vuelvo una persona resentida. Solo tengo contacto con el kiosquero; él me tiene lástima, me regala revistas pornográficas quemadas por el sol. A pesar de todo, poco a poco, en la masturbación encuentro mi espacio. Comienza una etapa nueva en mi vida. Me re-encuentro con mi ser, estoy bien conmigo mismo. La soledad ya no molesta, soy feliz. Mejora la relación con mi familia, y me llaman para escribir textos en la revista “Destape”. Así es como consigo el teléfono de Yamila, la chica de tapa del mes anterior. Enamorada por mi poesía, a los días se viene para conocer a los míos. Mamá, Papá, Soni, el perro. La reciben como se merece, Yamila es una estrella.
En el barrio me envidian, me doy cuenta. Camino al almacén le presento a Gaspar, el kiosquero, quien se manda la parte diciendo que en todos sus kioscos se agotan las revistas cuando ella sale en tapa. Volvemos a casa y mamá le cuenta historias de cuando era chico y saca las fotos viejas. Son días felices.
Jactándose de mi estupenda salud, mamá se sorprende al ver las pastillas que estoy tomando. Le digo que son para mi alergia. La vida vuelve a golpearme al enterarme de que no soy alérgico, y todo se derrumba. Me enfrento con la realidad y me despierto. Mi respiración se aquieta y me doy cuenta de que nada de eso pasó. Ni pasará. “Es normal” dice mamá, acariciándome la frente. “Tranquilizate hijo, mañana echo veneno. Además esa piba no era para vos. Te merecés lo mejor hijo”.
El esfuerzo me mata, debería ponerme a hilvanar historias, corregir otras. Temo... nada de eso ocurrirá.