El capítulo octavo de la novela "Algo puede pasar" de nuestro amigo Gonzalo Caballero es pura transición. Su protagonista (ese ser cándido y sensato por momentos, sexópata por otros, apologista de la vagancia en ocasiones) se muda a la marítima ciudad argentina de Necochea. ¿Para qué?, ¿y qué tienen que ver con esta mudanza las menciones a Calvino, Kubai Khlan y Marco Polo del capítulo anterior? Bueno paren de preguntar che, mejor lean y empiecen a desmadejar la cosa ustedes mismos.
La partida
Destino N° 23 es el mío, Necochea. Ciudad de muchos nacimientos... pocas muertes.
En Necochea no se muere, se nace. No mata, pero quizá te descubra muriendo, y entonces te hecha. Porque es una ciudad orgullosa y se ríe de la muerte, que es amiga del hambre y la gente del poder. Ella espera, da vida y sabe que morir, lo quwe se dice morir, mueren los que nunca vivieron.
Hay dos tipos de gusanos, los que un día vuelan, y los otros, que siempre se arrastran.
El recorrido comienza en Esquel, qué casual: en Esquel viví.
Atino a recordar lo mejor, mujer, mujer hermosa, voluptuosa, cara de... 16, sin lentes, 21 con lentes.
Me gustaba terriblemente.
Era el sol para mí, no quiero ser cursi, pero yo estaba enamorado. Realmente era muy linda. Lo nuestro no pudo ser, yo estaba por juntarme.
Al final no me junté nada, y la fui a buscar; pero me dijo que un amigo, de esos que nunca faltan, le había dicho que el tren pasa una sola vez. Yo creo que es una visión muy corta de la vida, porque trenes hay todos los días. Pero por ahí se refería a lo de las privatizaciones, o en una de esas a la trochita especificamente, que tenía dos recorridos semanales... ¿quién sabe? Me sacó con fritas y nunca más la ví.
Esquel es el n° 1 y Bs. As el N° 31. Así es mi boleto. Servicio común con aire. Yo subo en la mitad del trayecto, destino N° 10.
El día 02 de junio del 2001, hora 20. La butaca es la del fondo, en un micro de 2 pisos, butaca 27. "El peine" en la quiniela. No me dice nada: no le jugaré.
El pasaje me salió $40 y fue la operación n° 847243. La hizo C.U.I.T. 30-64392215-7, ¿quién será?, ¿quién será este tipo que me avisa de manera formal: "Si devolvés el pasaje 24 hs. antes de salir, me quedo con el 30% de lo que me diste; si te decidís 48 hs. antes, te cago solamente el 20%, y el 10% es anterior a las 48 hs. Te digo más, si querés cambiar la fecha del viaje, no te dejo, antes tenés que devolvérmelo en las condiciones que ya te dije; quedaron descartadas dos, a vos te queda la del 30%, si llegas en 10 minutos a la terminal; y lo dudo. Los reclamos son en el acto, de no hacerlo, no hay tu tía; no se aceptan quejas. Podés transportar 15 kg de tu vida sin cargo alguno, el resto, y veo que tenés mucho, me lo pagás aparte. Viajás asegurado en la P.M.S., con la póliza básica. De tener un horrible accidente, a tu familia le van a dar algo de plata después de un tiempo, pero eso lo arreglás con ellos, nosotros nada que ver. ¡Gracias por elegirnos, que disfrutes el viaje!".
De nada C.U.I.T 30-64392215-7, andáte a la concha de tu madre; te voy a coger a la azafata y vas a tener que pagarle salario familiar, pedazo de estúpido.
Tres Valerias
A Necochea llegué el sábado, después de tener un encuentro con Valeria, la última. Volvió, pero tarde, no nos quedaba mucho tiempo y no logré escapar a esa maldita maldición, "No la pondrás con ninguna mujer de nombre Valeria", ya que al otro día viajaba y C.U.I.T 30-64392215 guión siete, me complicaba las cosas.
De todas formas ella, fue la primer Valeria que yo vi desnuda y me gustó, a pesar que solo fue eso. El encuentro fue posterior a cuando referí la carta de Marco Polo.
Las tres tienen el mismo nombre, no es Valeria. Con ninguna me acosté hasta el día de hoy. Los cinco libros que me prestó la segunda Valeria, fueron otros, y no sería bueno aclarar demasiado, excepto sí, que uno de ellos era el de Calvino.
Necochea
Más o menos con esto que han leido, convecí a un amigo para que me prestara su departamento. El motivo que le di era en parte cierto, yo necesitaba estar solo un tiempo; leer mucho, escribir y no hacer nada.
Trabajar, trabajaría en lo mío, leer mucho y escribir.
Me había juntado unos mangos y tenía para tirar un tiempo. Claro que con esto no lo convencía, por eso le dije que una amiga había entrado a trabajar en una editorial, como secretaria de uno de los correctores, y de seguro eso me abriría las puertas. Tampoco fue muy difícil entusiasmarlo; le hice leer un cuento viejo, una historia que teníamos en común; aparecía dos veces su nombre y el apodo al final, "...así pegaba el Tucu". Era el capítulo ocho de "El antihéroe", el libro que yo tenía que escribir.
En Necochea la plata se me empezó a terminar rápido, lo que escribía no me gustaba, no soportaba escribir por obligación y contra reloj. Del departamento tenía que pagar los impuestos, $120, aparte de la comida y los vicios.
De haber sabido antes, me hubiera ahorrado unos buenos mangos comprando unos cigarrillos paraguayos de un peso; los vendian en el puerto de Quequén, pero el único atado lo compré el último día; Dorados era la marca. Zafaban bastante. Con esos cigarrillos llegue a Buenos Aires, me miraba la gente: "¿qué haces fumando eso?", "¡Ah, por favor!... ¿qué fumás?". Como que fumar algó así es lo peor, ¿es grasa fumar otra cosa que no sea Marlboro?... y sí, ser pobre es grasa.
La gente fuma seis centímetros de cigarro porque a José Marlboro se le ocurrieron de esa medida; si fumás más sos un vicioso; qué conflicto se les podría armar si un día los empiezan a hacer mas cortos.
Trabajar me parecía una idea aterradora, a mi corta edad yo ansiaba jubilarme. ¿Trabajar para vivir; no, nada más alejado de mis ideales; esta vez estaba decidido a seguirlos hasta su última y definitiva instancia.
Mucho de lo que escribí lo tiré, me quedó poco. Me empecé a preguntar cómo hacer para seguir trabajando en lo mío, cómo leería, cómo escribiría sin presión, sin apuro.
Estas cosas normales, sin gran importancia para muchos, como trabajar de cualquier cosa, en mi tenían una magnitud tal, que difícilmente puedan entenderme. Esta cuestión me ocupó gran parte de mi vida, y apenas hoy la entiendo.
Sentía también la demanda social, ese "hay que ser alguien", ser alguien económicamente, ese orgullo del "yo" que tanto moviliza. La prioridad no es uno, es el logro social, es la dignidad monetaria. Me han dicho que yo tendría dignidad sí trabajaba en algo; que se siente uno orgulloso por trabajar en algo. Uno se siente orgulloso, digno cuando trabaja y lleva el pan a la casa, me ha pasado, he sentido eso, yo he trabajado bastante, por eso hablo.
Ahora: ¿se nace para trabajar, es un hecho?. De eso han hecho una dignidad. ¿Esa es una vida digna de ser vivida? ¿Cuánto vale esa dignidad, ese orgullo, cuánto tiempo del día necesitan para sentirse dignos? De seguro que si ganáramos lo mismo en 20 minutos de trabajo ya nos sentiriamos dignos y orgullosos.
Estas preguntas me hacía y hago, cuando ando sin ganas de trabajar: casi siempre.