Aunque usted no lo crea, ya llegamos a la décima entrega de la seriada novela bloguera de Gonzalo Caallero. Tuvimos que esperar mucho para darnos cuenta de la naturaleza del personaje central de la historia, luego tuvimos que esperar a que llegara a Necochea para empezar a darnos cuenta que quería escribir un libro tranquilito, sin que nadie lo joda. Ahora presten atención, porque parece que empieza a vislumbrarse de que se trata el libro que va a escribir. Vamos, ¿qué están esperando? pasen y vean.
Prologo de un pasado encontrado
Muchas veces pienso que la vida es maravillosa, que todo es un cuento, como esos de infancia, con milagros, seres mágicos, amores eternos, llantos de sabiduría, dolores del corazón o reconciliaciones de un perdón postergado.
Una mujer... un par perfecto, una diferencia suave... que se ama sin cambiar; por que es lo único que nos otorga una vida distinta, ajena a ese egoísmo que moldea, iguala, se funde y se pierde en contratos de convivencia que niegan la diferencia; y es que... no se la tolera, no se la admite.
La igualdad nos sepulta, el respeto al otro se vuelve un límite para ambos y terminamos siendo hijos del respeto, nos fundimos en ese medio, somos ese medio. No somos dos individualidades relacionándonos, no podemos serlo por que establecimos un límite, un límite al ser, un límite al otro y a uno mismo, y estamos de acuerdo en que sólo se puede llegar hasta ahí. Pero eso no es el fondo, ni la verdad, ni la totalidad de aquel ser, es sólo el reflejo de nuestros intereses, como la ciudad sueño de Kublain Kan.
Los proyectos, los sueños y nuestra vida, surgen a partir del límite y siempre nacen desde ahí, no de nosotros; porque decidimos ser hasta ese límite. No hay libertad porque hay miedo, hay miedo cuando la posibilidad de ser lastimados y de lastimar nos rige la vida como un hecho inexorable; de eso somos presos.
Un mundo no tan así es el que sueño, un poco mejor; donde pasan cosas mágicas, la gente se pregunta más, se interesa más por el otro, su mundo, sus miedos, sus sueños y no que en ello se entienda "meterse en la vida del otro". Una preocupación sincera, identificarse con las miserias del otro, que no son muy distintas a las nuestras. La posibilidad de escucharse casí siempre se pierde, uno se hace el pelotudo y el otro también, admitir parece que mata.
La sinceridad también parece que mata, lastima. Lastima porque creemos ser dueños del otro, lastima cuando nos hacemos cargo del otro como si fuesemos nosotros mismos, o al no reconocer al individuo: la diferencia.
Darse cuenta que no somos uno con el otro se convierte en un problema y el sentirse separados se hace terrible, justamente de creer que una fusión es mas importante que una relación.
Así sueño un día el mundo, lo creo, lo veo; de sentirlo, de vivirlo. Se que es fantástico, mágico.
Vivimos el mundo que queremos vivir, pero yo creo que no es la única forma. La vida es un montón de cosas sin decir, cartas que se escriben de noche y se tiran de día, llamados que no se hacen, odios que no se expresan y caricias fuera de moda.
Cuestión de polaridades
Hay días que me pasan cosas sorprendentes, de ese otro mundo que sueño, y me pasan acá, en éste; pasa cuando lo vivo como si estuviera en ese otro. Sé que la vida es una mezcla de ambos, de este mundo material y de aquel otro de magia y milagros. La vida es más vasta, más maravillosa de lo que creemos, no hace falta fe ciega para verlo, no hace falta ser un santo para vivir un milagro, sólo el deseo sincero de quererlo. No hay que creer para ver, eso es mentira, eso condicionaría esa otra realidad a nuestra voluntad, y lo cierto es que existe mucho más allá de nuestra soberbia existencial; por suerte.
Casualidad se entiende a veces, o roza, lo incomprensible, también es cierto decir que las casualidades no existen y que son causalidades, al margen de si podemos establecer la razón que le dio origen.
Hoy en día nos es imposible determinar cosas como esas y la magnitud del alcance de una palabra dicha o no dicha. O por qué convergen todas esas causalidades en un punto determinado y en un momento dado. Esas cosas son un misterio, ¿o no?.
Quizá sea una cuestión de polaridades, de energías compatibles, no sé. Pero una de esas series de coincidencias incomprensibles me llevó a escribir una historia, costado de un pasado remoto que por alguna razón quiso perpetuarse hasta el hoy.
Por eso creo que el mundo está encantado, por que por ahí parece todo un gran rompecabezas y todo cumple su fin, que a su vez vuelve a ser parte de otra infinita serie de nuevas ideas, cosas, situaciones y personas. Sí, una palabra dicha a tiempo es un hijo del futuro, un animal muerto, un destino que se cumple, otro a la espera... ¿quién sabe?
Creo que soy uno de esos tantos destinos que alguna causa originó, un eslabón más de una cadena infinita.
Me fui a Necochea sin tener una idea acabada sobre de qué trataria este puto libro, y esa quiza sea la razón por la que con esta historia nos hallamos encontrado; por ser la posibilidad dispuesta a un fin, a una idea deambulando, a una verdad latiendo, ahí encontró la razón mi presente vacío, en la certeza de un libro hasta el momento sin rumbo. Así encontré la verdad, mi verdad, una pequeña fracción de verdad, que jamás imagine encontrar.
Allá en el sur, Valeria y sus ojos, su pelo, sus libros, "Ciudades invisibles", Italo Calvino.
Y desde ese día Marco Polo no dejó de aparecer y de reclamar mi atención. Fue inevitable, terminé por comprar su "Libro de las maravillas" y empecé entonces a conocerlo: cuanta edición encontré leí. Artículos, referencias, lo que sea.
Y en la búsqueda de un algo que no sabiá ni empezaba aún a imaginar me encontró Alighieri, el Dante, poeta eterno.
El infinito Renacimiento se abrió ante mi... y ahí me quedé días, semanas enteras tratando de entender esa porción de la historia magnífica que dio el ese periodo histórico de la humanidad.
Un caos que no era posible describir, detener. Una época de tal diversidad que desborda y escapa a la más densa enciclopedia.