
Nuestro jefecito nos manda esto desde Las Grutas. Dice que es una bitácora marítima que llega para concretar el anuncio que efectuamos ayer: éste será un weblog confesional, otro más de tantos . Y bueno... pasen y vean.
efecto tabano
Hete aquí toda la información general, que por inclasificable en términos de redacciones periodísticas \"serias\", no deja de ser importantísima.

Nuestro jefecito nos manda esto desde Las Grutas. Dice que es una bitácora marítima que llega para concretar el anuncio que efectuamos ayer: éste será un weblog confesional, otro más de tantos . Y bueno... pasen y vean.

Camino por la peatonal principal del Balneario Las Grutas, un lugar chico en el que mucha gente de norpatagonia pasa sus vacaciones. Cientos de turistas se agolpan frente a las vidrieras de los comercios que ofrecen zapatos de oferta y camisolas coreanas de ocasión. Exactamente lo mismo que en nuestros lugares de origen. Las señoras revisan sus bolsos para ver si trajeron o no sus tarjetas de crédito. Las más conservadoras llaman a sus maridos, que son los que pagarán, como siempre, como indican las pautas tradicionales marcadas por civilizaciones occidentalizadas de abogados y escribas de lo más nimio. Los hijos adolescentes de las señoras turistas miran atónitos, sus madres los obligarán a comprarse remeras que ya tienen. Ellos quieren la sensualidad de la playa y sus progenitoras solo quieren darles remeras coreanas en oferta. ¿Hemos venido hasta aquí para consumir? Suspiro, tengo hambre y un cartel de pizza libre me llama desde el rabillo de mi ojo izquierdo.

Me tiro en la arena a escuchar música con los auriculares puestos. Inmediatamente descubro algo importante: “Thriller” de Michael Jackson es un disco absolutamente sobrevalorado. EL DISCO de Jackson no es ese, es “Off the wall”. Consíganlo y pínchenlo ahora mismo. Cada instrumento se escucha como si estuvieras en un bar sentado al lado del que lo toca. La voz de Jackson brilla, pero siempre se subordina a la banda, y la banda es super funk, soul, disco y conga conga. Las sobregrabaciones de la voz de Jackson en sus propios coros son sublimes, o mejor dicho sutiles: hay una pista para que se octavee a sí mismo, y otra para que jadee. Inclusive hay una para que haga de vez en cuando esos “uhhhh”, que lo hicieron famoso mientras giraba como un muñeco de plastilina sobre el escenario (bueno, la metáfora no es del todo buena: Jako hoy ES un muñeco de plastilina; pero ustedes me entendieron, ¿no?). Bien, el asunto es que descubrí que si a Quincy Jones hay que escribirle un mail para agradecerle su cercanía con Jackson, habría que hacerlo por “Off the wall”, que es genial, un disco sísmico al que no le sobran esos teclados con sabor a praliné que sí tiene “Thriller”, claro prisionero (¿inconsciente?) de la impronta ochentera (a veces quisiera encontrarme cara a cara con Giorgio Moroder para gritarle que es un grasa total y echarle la culpa por todos los teclados grasas que escuché en los ochenta). ¡Que belleza de disco!. Ahora, lo único que digo es que no hay que exagerar tanto: Jackson nunca fue el Rey del Pop. El Rey del Pop es David Bowie, que no vengan a joder che.

Hace meses cobré un juicio por despido. Trabajé para un periódico de los que dirigía Julio Ramos, que de tan menemista que es, no quizo pagarme lo que me correspondía después de tenerme tres años yugando durísimo en su diario. Final feliz. Gané el juicio y con la guita nos compramos una casita muy pero muy vieja a la que hay que hacerle de todo. A partir de ese momento todo lo que pienso tiene que ver con la construcción. Voy por la calle y me la paso mirando techos, aberturas, estilos. Me siento en la playa y se me ocurren ideas constructoras económicas que primero consulto con mi mujer y luego -tras las vacaciones- intentaremos planteárselas a Daniel, nuestro constructor. Anoche, a eso de las doce, estaba en el baño, sentado en el inodoro. Walpol Rahula, que es un monje budista muy en boga en los setentas -cuando yo era un niño- dijo en uno de sus libros ("Lo que el buddha enseñó") que un verdadero boddisatva es capaz de meditar hasta cuando evacúa los sobrantes de su propio organismo. Para mí leer esa explicitación tan sencilla fue una revelación total que ya había comprobado por la vía empírica miles de veces. Desde muy pequeño siempre preferí pensar sentado en la taza, fijando la vista en la trama estable de los azulejos, antes que llevar un buen libro o una revista al baño, que es placentero, sí, pero nunca tanto como pensar allí sentado, solo frente a la verdad reticulada de los azulejos. Y ahí estaba anoche, meditando en el inodoro de la cabaña en la que estamos pasando nuestras vacaciones en Las Grutas. Mis meditaciones -para no perder el hilo casi obsesivo de estos días que corren- eran planificaciones constructoras: pensaba seriamente en que tipo de inodoro íbamos a comprar para poner en el baño de nuestra nueva casa. De pronto vi la luz: inodoro con mochila de desagote incorporada, igual que el artefacto en el que me encontraba sentado, de esos que tienen un boton montado sobre el márgen derecho de la mochila, y ni te tenés que levantar para hacer correr el agua. Sí, sí y sí: era ese. Lo iba a consultar con mi mujer, pero supuse (y bien) que ella iba a estar de acuerdo con la decisión meditada durante aquella sesión evacuadora. De repente un cuestionamiento lógico me invadió, me hizo retroceder frente a la seguridad casi plena que experimenté segundos antes y me exigió volver a concentrarme sobre el tema pensando todo bajo nuevos parámetros. La premisa mental parecía ser la siguiente: “vamos Fernando, elabora una lista de pros y contras entre los inodoros con mochila incorporada e inodoros con mochilas tradicionales, empotradas en la pared”. ¿Por qué necesitaba pensar de esa manera? Medité, el cerebro me estaba jugando una mala pasada y -vaya uno a saber por qué justo en ese instante- elaboré el siguiente pensamiento aparentemente inconexo: “en caso de guerra, será más fácil aprovechar el agua del depósito del inodoro si compramos uno con mochila incorporada en vez de uno de mochila empotrada”. Me sorprendí a mi mismo riéndome. ¿De dónde había sacado una idea tan disparatada? De pronto lo recordé. Era el año 1982, yo tenía 12 años e iba a sexto grado de la escuela primaria. El gobierno militar argentino le había declarado la guerra a Inglaterra por la recuperación de Malvinas. Yo vivía en Coronel Suarez, un pequeño pueblito enclavado en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, tranquilo como un estanque australiano con molino. Por aquellos días (mayo del 82), nuestras maestras nos habían dado clases de Defensa Civil enseñándonos como comportarnos en caso de que los ingleses quisieran bombardear la ciudad. Practicamente la clase consistía en saber qué hacer si el bombardeo transcurría en el momento enel que nosotros estábamos en la escuela, con un anexo por si las bombas comenzaban a caer mientras estábamos en la calle y un apéndice más por si nos agarraba la lluvia mortal en nuestras propias casas. Para cada caso había un comportamiento correcto estipulado, una receta para sobrevivir al ataque y poder contarlo. Al parecer -y siempre según el decir de mi bella maestra María Rosa- los ingleses podían llegar a bombardear Coronel Suarez (a pesar de que estábamos a miles y miles de kilómetros de Malvinas) porque había una posibilidad de que la guerra se tornara continental. Coronel Suarez tenía el único aeródromo grande de la zona; allí -se lo habían dicho los militares del municipio- podían aterrizar los aviones argentinos para abastecerse y esto convertía a la ciudad en un posible blanco de los "piratas imperialistas" (SIC). Por eso Suarez debía entrenar a sus ciudadanos hasta en las escuelas. Recuerdo -como si fuera hoy- la mañana en la que un joven e imponente teniente del Ejército Argentino nos visitó en el aula. Parado al costado de la maestra comenzó a preguntarle a la clase asuntos relacionados con los comportamientos serenos y cautelosos que debíamos guardar en caso de bombardeo aéreo. Preguntó muy serio y enérgico: "¿Cuáles son los dos recursos que el enemigo querrá cortarnos en caso de ataque externo?" Yo, que me sentía seguro de saberlo, levanté la mano y contesté: “agua y energía eléctrica señor”. El milico sonrió y aprobó la respuesta correcta con un solo aplauso seco y sonoro. Inmeditamente me pidió -sin tutearme, claro- que explicara mejor la situación, que desarrollara la técnica de supervivencia en tal caso. Parado al lado de mi pupitre expliqué nervioso las medidas que había que tomar en caso de corte de suministros vitales. Entonces explique la necesidad de guardar la reserva de agua potable del depósito del inodoro, ya que ésta "podía abastecer de agua potable a toda una familia durante dos o tal vez tres días en caso de que el enemigo nos hubiera sitiado". Minuciosamente relaté el método que mi maestra me había explicado esa misma semana: sacar con una soga (o los cordones de los zapatos atados) y media botella plástica recortada y agujereada ad hoc el agua del depósito empotrado en la pared. Racionarla, no desperdiciarla. Al terminar mi exposición la clase entera (incluidos el teniente y mi maestra) aplaudierion rabiosamente mi cátedra de civismo frente a la impiadosa inclemencia bélica. Me sonrojé y me sentí orgullosamente patriótico por primera y última vez en mi vida. Acto seguido -y dirigidos marcialmente por el teniente- hicimos todos un simulacro de bombardeo en el que nos tomábamos de la mano y nos escondíamos hechos unas boitas humanas debajo de nuetsros propios pupitres. Terminado este ordenado acto de supervivencia, salimos al patio y cantamos el himno junto a las maestras, el resto de los militares que se encontraban en las otras aulas y las monjas que dirigían la institución. Uno o dos años después crecí, como crecen todos, y comencé a atar los cabos sueltos de aquellos días de locura total. Me despabilé un poco al enterarme de que la guerra se perdió de una manera desordenada, despareja, criminal y enplana desidia de los generales.Luego supe que nunca de nunca de nunca los ingleses se plantearon hacer una guerra continental, sabían que llegaban al archipiélago y nos mataban de tres cañonazos, porque por algo son imperio. Otro poco me despabilé al enterarme que en el aeródromo de Suárez jamás hubiese podido aterrizar un avión de guerra, la pista era y es una mierdita. Un poco de un poco más me despabilé al revisar hace algunos lejanos años el recuerdo (siempre fresco) de aquellos días. En esa retrospectiva de la memoria alcancé a notar con claridad la importancia de que toda esa borracha locura patriotera inducida por los militares fue tomada con total naturalidad por mi maestra, mis padres, el cura de la ciudad, la televisión, los diarios y la comunidad toda. Finalmente lo decidí -y para siempre-: mi espíritu, mi formación y mi sentir serían cualquier cosa menos patrióticos. Recuerdo esa decisión como si fuera hoy, la tomé sentado en un inodoro mientras me animaba a comenzar a leer los libros de Nietzsche y Guevara que un amigo me había prestado y mi mamá me había recomendado no leer por considerarlos demasiados peligrosos para alguien "tan chico" como yo.
Tábanos molestando
te quiero. felices vacaciones.
todo lo que sigue es un texto de Cristian, conocido como Xtian, autor de Puto y Aparte
Esto de "pegar" un texto completo habitualmente no se hace en el mundo blogueril al que se ha sumado este sitio (con mucho agrado de mi parte) . Se pone el link y ya, pero lo creo tan continuador del divague de Fer que acá lo dejo.
Abrazos.
Tin.
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Tenía 11 años, creo. Aquél 2 de abril llegué al colegio y encontré a mis compañeros de grado cantando en remolinos:
"Thatcher, vieja podrida
_ este verano no podrás ir a Malvinas...
_ ni a las Georgias, ni a las demás,
_ son argentinas por derecho nacional…"
La hora de ciencias sociales la pasamos aprendiendo de memoria el Himno a Malvinas (que hubo que rescatar del olvido y la neblina) : lo cantamos a la salida, en vez de recitar la oración a la bandera. Durante las semanas siguientes las horas de educación física las dedicamos a ensayar ¨procedimientos de emergencia en caso de ataque aéreo¨. Recuerdo esto con cierto resquemor, ese año fue el primero en el que esperé la hora semanal de gimnasia con impaciencia. ¿La razón? A pesar de odiar la rutina de los roles hacia delante y atrás y las náuseas que seguían a mis torpes intentos de ejecutar la ¨balanza¨- hacía rato que había abandonado las pretensiones de la ¨vertical¨ - disfrutaba de los últimos 20 minutos de la hora, en los que jugábamos al delegado. Fue, quizás, el único deporte que disfruté con pasión, y que, si hubiera tenido voz o voto hubiera promovido a disciplina olímpica.
Pero no, el profesor Emilio suspendió la balanza y los ejercicios en el cajón, y los reemplazó por los ejercicios de emergencia, que se me aparecían como una variación caótica del juego de las sillas. El profesor Emilio hacía sonar el silbato y todos corrían a refugiarse bajó el escritorio, los marcos de las puertas, los pupitres. Pero los lugares seguros eran limitados y los más lentos o los más torpes terminaban agazapados frente a la ventana, o agazapados entre dos pupitres, y el profesor Emilio explicaba entonces el riesgo de ser alcanzado por la metralla o los cristales rotos de la ventana.
El ataque parecía inminente, y todos los días en los recreos los de séptimo diseminaban un nuevo rumor. Los aviones Mirage (que pueden volar hacia atrás, nuestros primitivos Pucarás apenas podían volar hacia adelante) ya habían despegado desde las islas Azores, o las Malvinas o las Gilligan, pero la cuestión es que estaban en camino.
Me costaba creer que un avión volara hacia atrás, pero que volaran hacia Merlo, eso sí que cruzaba la barrera de lo insólito. Nunca se nombraba a Merlo en la televisión (mi mamá no nos dejaba ver el reporte policial de los noticieros) y eso me dejaba siempre la impresión de que Merlo era, para los que vivían en Capital, tan real como la Atlántida, aunque mucho menos legendario. Pero los de séptimo explicaban que en el campo de planeadores, a 3 cuadras de mi casa, estaba el radar más potente de Buenos Aires. Si venían los Mirage, lo primero que hacía era bombardear el radar y de paso todo lo demás. En mi cabeza Merlo iba tercero en la lista, luego de Hiroshima y de Nagasaki.
Por esa época daban ¨Combate¨ a las 6 de la tarde. Yo miraba la serie de vez en cuando, supongo que levemente arrebatado de fetichismo bélico - ese ballet de soldados transpirados contra esa escenografía de junglas tropicales - aunque estaba mucho más interesado en las tristezas de los Ingalls o en las excursiones urbanas de Heidi en Frankfurt. Eso sí, gracias a ¨Combate¨ entendía la mecánica de las trincheras, las ametralladoras y las largas marchas a través de la selva o los pantanos. Lo que no se me ocurría era una guerra merlense, la transición necesaria de la calma suburbana a la destrucción total. ¿Cómo llenar ese bache? ¿Con el cielo cubierto de aviones que vuelan para atrás y soldados emboscados en la heladería Fontana di Trevi, en la Avenida Libertador?
Pero el miedo ganó en espesor cuando fuimos con mi tío Aldo a darle un vistazo al campo de planeadores. Yo ya había ido varias veces, a mirar como un par de viejos se entretenían volando aeroplanos de madera balsa, y siempre me había fascinado la visión del radar detenido, perdido más allá del arroyito y los cardos. Ahora el radar giraba lento, un ojo parsimonioso absorto en los misterios del cielo. Según decían los de séptimo, allá arriba, más allá de las nubes, parpadeaban otros ojos simétricos: los satélites ingleses, que lo veían todo (¨si estás en el jardín de tu casa jugando a las figuritas, por ejemplo, tienen la potencia como para ver cuál es la figurita, te lo digo como para que te des una idea¨).
En la hora de historia estudiamos las audacias del Gaucho Rivero y en la hora de lengua escribimos cartas para los soldados. ¨Supongo que debe hacer mucho frío¨, empezaba mi carta, nuestro conocimiento de las islas se reducía a ese único dato climático. No sé si se trata de otro manto de neblina - en este caso una neblina más personal, la niebla de mi pubertad incipiente invadiendo el cuarto contiguo de mi infancia – pero creo recordar mis sensaciones al escribir esa carta. Una sensualidad mórbida, tartamuda: el soldado transpirado (hace frío, pero los soldados siempre están cubiertos de transpiración) arrodillado en su trinchera, acunado por la música de la metralla, leyendo mis renglones, mi letra tan prolija, tan cursiva y desenvolviendo el chocolate Aero que le compré en vez de los dos paquetes de Manón y el chicle Bazooka Jirafa – que compro clandestinamente, ya que mi mamá me lo prohibió, según dice ella, porque escuchó que un chico murió atragantado -.
Y andá a saber por qué me acuerdo también de aquella colecta de fondos que se hizo en televisión y de aquella viejita que se quitó sus pesadas alhajas y las donó, llorando en silencio.
Las mañanas las pasaba mirando Patolandia (no sé si fue en la misma época, esta neblina es imposible de atrapar en un puño o de ordenar en frasquitos). Me acuerdo del concurso ¨Quién la encuentra, quién la trae, la pieza fundamental¨. Los televidentes tenían que construir una pieza mecánica, de manera artesanal (el pato Carret era estricto en este tema, y descalificó a unos cuántos que hicieron uso de tornos o agujereadoras). Yo - ya en ese momento extranjero de las manualidades - observaba la procesión de diseños surrealistas, con el mismo arrebato hipnótico con el que intentaba desentrañar los enigmas que planteaban ¨Las manos mágicas¨:
¨Las manos mágicas le dirán
_ La forma de aprender
_ Bonitos trucos que de magia son…
_ El resto depende de usted¨.
Sí, estaba claro que si el resto dependía de mí no me iba a ganar la vida a lo Fumanchú.
Nunca aprendí ninguno de los trucos de magia, ni entendí en qué maquina encajaba la pieza fundamental… y sobre todo, la pieza era ¨fundamental¨ para qué.
A pesar de que le insistí a mi papá para que armara una pieza para mandar a Patolandia, nunca lo hizo. Se defendía diciendo que la pieza fundamental la tenían que armar los chicos, no los padres, sino era trampa. En vano lo confronté con la prueba irrefutable: los diseños que el Pato Carret anunciaba como construidos por ¨Martincito, de Villa Urquiza, 5 años¨ o ¨Eugenia, La Tablada, 4 añitos¨ competían en sofisticación y elegancia con la torre Eiffel o el avión a chorro.
En esta seguidilla de frustraciones, no puedo dejar de citar la última, con su halo definitivo, final. La revista Anteojito acompañó una de sus ediciones con una máquina maquiavélica: la máquina de hacer huevos cuadrados. Todos en el colegio la tenían y hacían alarde de su eficacia, de pronto los huevos duros ovalados eran demodé. Me torturaba la idea de que todos mis compañeros de grado comían sus salchichas acompañadas de huevos cúbicos. Mi mamá se negaba a comprar la Anteojito; era cara, y salvo para alguna fecha patria, no daba el brazo a torcer (en esas fechas lograba convencerla de que sin el “Especial 25 de mayo” no iba a poder completar la tarea, que exigía una figurita de Cornelio Saavedra o algún otro star del Cabildo). Supongo que mi mamá juzgaba que ¨intríngulis chíngulis uh uh uh¨ no merecía el bronce en la lista de frases célebres de la literatura argentina y que las desventuras de Pelopincho y Cachirula no eran del todo pedagógicas. No sé cómo logré convencerla de la necesidad de poseer la máquina de los huevos cuadrados (¿algún argumento dietético, citando el valor proteico de los huevos cúbicos? Lo dudo, aún recuerdo los largos meses en los que mi mamá decidió alimentarnos casi exclusivamente en base a mate cocido con leche, siguiendo andá a saber que evangelio nutricional apócrifo).
La cuestión es que volví del kiosco de revistas con la Anteojito, arrebatado de júbilo. Despegué desaforado el plástico troquelado de la tapa y me puse a armar la máquina, mientras le exigía a mi mamá que hirviera agua de inmediato. A los 10 minutos seguía sin poder armarla y en mi desesperación pedí la asistencia de mi papá y mis hermanas. Luego de manipular las piecitas plásticas durante media hora mi papá me comunicó el diagnóstico final: en mi excitación había roto dos piecitas plásticas y no había forma de pegarlas. Así me quedé sin máquina y sin huevos cuadrados para siempre.
Yo tenía entonces 10 años, 11 o 12 . Por esa época la maestra nos reuniría a todos los alumnos varones y nos ordenaría jugar con las chicas, a las que habíamos condenado a un apartheid nacido de la indiferencia, no del odio: estábamos demasiado ocupados tocándonos el culo detrás de los ligustros. Por eso la Señorita Ana María prohibió de inmediato la mancha venenosa (yo entendí en seguida a qué se refería, la mancha era, por supuesto, una excusa para tocarnos el culo entre nosotros, lo lúdico como disfraz de otras ceremonias más carnales). Y recuerdo a la señorita Ana María dictaminando: ¨La cola es una parte sagrada del cuerpo, no hay que dejársela tocar en ninguna circunstancia, porque si uno lo permite, es menos hombre¨. Así nos limpiamos de manchas venenosas, y progresamos hacia otros terrenos, en particular, la botánica: el juego de los siete colores. Las reglas, sencillitas: si dejás que te raspen la frente con un yuyo especial, a los poco días aparecían 7 colores (los 7 colores, por supuesto, no aparecían, lo que aparecía era un zarpullido monocromático acompañado de una picazón feroz).
Cuando nos aburrimos de los 7 colores, y luego de que se disipara la atmósfera monástica que nos había impuesto la señorita Ana María, nos lanzamos de nuevo a los juegos sexuales, aunque esta vez sublimados a través de la ciencia ficción:
Juan Manuel (mientras apoya su mano sobre mi hombro): ¨¿Sabés como cogen los extraterrestres?¨
_ Yo: ¨¿Cómo?¨.
_ Juan Manuel: ¨¡Con una mano en el hombro!¨
_ Yo (fingiendo indignación, quitándome la mano del hombro de un tirón): ¨¡Salí pelotudo!¨.
O su versión extendida, que comenzaba de la misma manera pero seguía así:
Juan Manuel (agarrándose el bulto a través del pantalón): ¨¡Chupame ésta!¨
_ Yo (desafiante): ¨¡Sacala!¨
_ Juan Manuel: ¨No, no te quiero asustar, es muy grande¨.
_ Yo: ¨¿Ves que sos un puto?¨
Nunca me recuperé de las pérdidas irreparables de mi infancia. Una infancia sin piezas fundamentales, sin huevos cuadrados, sin manos mágicas. Los primeros nubarrones de la adolescencia se organizaban en el horizonte, ese horizonte donde ya parpadeaba el ojo del huracán.